Este texto es un extracto del libro El poder del círculo en la empresa familiar, escrito por Isabel Nogueroles Caparrós.
—Irene, ¿dónde estás? —la voz de Estefanía la sacó de su ensimismamiento—. Aún no te has presentado… ¿Te apetece continuar tú?
Irene parpadeó, volvió al presente. La gran mesa redonda, las caras expectantes, la luz tamizada de la sala… Respiró y asintió levemente, como si aterrizara desde muy lejos.
Comenzó a hablar, con una voz firme pero algo contenida. Se remontó al pasado, al fallecimiento repentino de su padre y a su decisión de asumir el liderazgo de la empresa familiar de stands. Describió aquellos años como una travesía intensa, marcada por el esfuerzo, la lealtad y muchas renuncias.
—Mi reto… — guardó unos segundos, eligiendo cuidadosamente las palabras— en realidad, fue hace cinco años. Ahora mismo estoy en una etapa en la que, sinceramente, no sé cuál es mi siguiente paso. Estoy desbordada, inmersa en el día a día. No he tenido tiempo de pararme a pensar en qué quiero o hacia dónde voy.
Regaló una mirada amable a sus compañeros, sin perder la compostura, pero sin ocultar del todo el cansancio. Supo salir airosa de su turno, cubriendo con dignidad un espacio que todavía no estaba lista para mostrar del todo.
—Gracias, Irene. Escucharte es como abrir una ventana a lo que viene… y, la verdad, se agradece un poco de aire fresco. Con la venia, sigo yo, —dijo Silvia, e Irene pensó: ahora viene la del bolso—. Soy Silvia. Abogada. De las que aprendieron a redactar con precisión casi antes que a improvisar una excusa. En mi casa, el apellido no era solo una firma: era una institución. Presente en la puerta del despacho, en los membretes, en los cuadros del pasillo… y, por supuesto, en cada conversación que empezaba con «esto aquí siempre se ha hecho así».
—Podría decir que heredé la vocación, pero sería más exacto decir que crecí negociando cada paso.
Se oyeron algunas risas en la sala. Cuando pararon, Silvia continuó con uno de esos silencios que traen una frase final:
—Porque, en una familia como la mía, incluso el silencio se interpreta… y todo gesto tiene valor probatorio.
Javier soltó una risa fuerte y contagiosa, que provocó todavía más risas alrededor.
Ana fue la última en presentarse.
—Hola, soy Ana, tengo 40 años y parece que soy la más joven —aseguró, mirando alrededor—. Formo parte de la tercera generación de una cadena hotelera familiar con alma mallorquina. Tras cinco años trabajando en Shanghái, vuelvo con ganas de sumar desde el marketing digital y con una mirada más conectada con la sostenibilidad, la autenticidad… y la gente. He crecido entre hoteles, jardines y conversaciones familiares (algunas más fáciles que otras), y ahora siento que es el momento de hacer espacio a lo nuevo sin perder nuestras raíces. Somos nueve primos, cada uno con su historia —startups, diseño, mundo digital— y lo que más me ilusiona es imaginar cómo podemos construir, entre generaciones, algo que combine experiencia y futuro con propósito.
Ya se habían presentado todos. Irene, en silencio, repasaba mentalmente cada nombre y empresa para asegurarse de que no había ningún conflicto de intereses.
—Carlos, de una bodega de cavas —murmuró para sí—. Bien, nada que ver conmigo. Daniel, embutidos de Vic —pensó—: perfecto.
Siguió repasando: Javier, construcción; Ana, hoteles; Silvia, despacho de abogados; Paula, nutrición; Marc, el «famoso» de la empresa textil; y ella misma, Irene, en construcción de stands para ferias.
Con una sonrisa, pensó: Esto pinta bien, estoy segura.
Entonces, Estefanía tomó la palabra y, con una energía clara y pausada, dijo:
—Antes de empezar, vamos a ponernos de acuerdo en las reglas del juego.
Sacó un rotulador y escribió en el papelógrafo:
- Atención plena y consciente
- No juicios
- Ordenadores y móviles cerrados
- Hablar en primera persona
- No dar soluciones o consejos; solo compartir experiencias, recursos o preguntas
Miró al grupo con complicidad y añadió:
—¿Alguna duda?
—¿Y qué pasa si me muero de ganas de dar un consejo? —bromeó Javier, provocando risas.
—Entonces, Javier —respondió Estefanía, con tono de humor—, tendrás que guardarlo para la próxima ronda o formularlo como pregunta. Aquí queremos generar reflexión, no sermones ni aleccionar.
El ambiente se relajó.
Estefanía continuó, ahora más seria:
—El viaje empieza hoy, con esta sesión inicial. ¿Cómo será nuestra dinámica? Muchas veces, la gente llega a un grupo con un objetivo muy concreto, como superar una dificultad o dejar atrás un problema… pero con el tiempo, esos objetivos evolucionan.
Se desplazó con calma por la sala, deteniéndose brevemente para mirar a cada persona con atención:
—En los primeros encuentros, muchos llegáis con objetivos concretos: resolver un conflicto operativo, afrontar un relevo generacional, tomar decisiones estratégicas complejas. Pero con el tiempo, esos objetivos se transforman. Surgen preguntas más profundas: ¿cómo evolucionamos la compañía para asegurar su continuidad en el tiempo? ¿Cómo damos el paso de una gestión basada en la intuición y la cercanía a una organización con estructuras claras de gobierno? ¿Cómo formamos accionistas responsables, capaces de aportar valor desde su rol, sin interferir en lo operativo?
Y continuó bajando ligeramente el tono:
—Pero, más allá de lo técnico, hay una dimensión emocional que no se puede ignorar. ¿Cómo sostenemos el vínculo familiar cuando entramos en la complejidad del crecimiento? ¿Cómo separamos lo emocional de lo estratégico… sin desconectarnos? ¿Cómo gestionamos la culpa de tomar decisiones difíciles, el miedo a defraudar a generaciones anteriores y futuras, la carga del legado?
Se acercó al papelógrafo y, mientras subrayaba las palabras «hablar en primera persona», añadió:
—Muchos de los retos que se trabajan aquí no solo tienen que ver con el negocio, sino con lo que cuesta afrontar una conversación pendiente, soltar el control, abrir espacio a nuevas voces, aceptar que el rol que tuvimos ya no es el que toca ahora. Y al final, eso también impacta directamente en la continuidad, porque una empresa familiar no sobrevive solo por sus números, sino por su capacidad de cuidar los vínculos que la sostienen, y de adaptarse emocional y estructuralmente a lo que viene.
—Suena profundo —susurró Ana, intrigada.
—Por eso, después de esta introducción, cada sesión tendrá un momento para trabajar los retos personales que traigáis —explicó Estefanía—. Pero, ojo, el tiempo es sagrado. Será imprescindible que cultivemos una comunicación asertiva, respetando turnos y tiempos.
Javier intervino, con una mezcla de curiosidad y pragmatismo:
—¿Y cómo vamos a asegurarnos de que esto funcione? ¿No es fácil que la cosa se descontrole?
—Buena pregunta —asintió Estefanía—. Os voy a contar el método que seguiremos, aunque la mejor manera será aprendiendo poco a poco, a base de práctica.
—¿Qué técnica es esa? —preguntó Paula, expectante.
—Es una forma de trabajar que uso con muchos líderes para hacer que sus reuniones sean efectivas, significativas y vinculantes.
—Mejor imposible —dijo Silvia, con energía—: aquí venimos a aprovechar cada minuto.
—Los primeros veinte minutos los dedicaremos a concentrarnos en el tema del día —continuó Estefanía—, usando recursos como un caso inspirador, una meditación guiada o cualquier herramienta que nos ayude a enfocar. Después —prosiguió—, haremos una rueda inicial para que cada uno comparta cómo se siente, del 1 al 10 y con una palabra. También haremos la serie que llamo Best and Worst: lo mejor y lo peor. Y cada persona podrá hacer una petición concreta al grupo para ese día.
Irene se sintió ya más cómoda, imaginando cómo podría expresarse y escuchar.
—Y lo más importante —cerró Estefanía— será el trabajo del reto personal que cada uno traiga, preparado de antemano. Pactaremos una forma de intervención para entender el contexto, la vinculación personal, las dificultades y, sobre todo, lo que queréis que el grupo os aporte.
—Pero no se trata de que os solucionen la vida —advirtió Estefanía—, sino de que os ayuden con preguntas potentes o compartiendo su experiencia y reflexión.
Javier, con su voz fuerte y segura, rompió el silencio:
—¿No vamos a beneficiarnos de la inteligencia del grupo? Si no contamos con la gran experiencia que hay aquí, ¿para qué estamos?
—La inteligencia grupal es clave —respondió Estefanía—. La fuerza de este círculo está en compartir desde la autenticidad; cuanto más das, más recibes, y así crecemos todos juntos.
Un murmullo de asentimiento recorrió la sala. Algunas sonrisas cruzadas empezaban a marcar una diferencia sutil: la barrera entre lo individual y lo colectivo había empezado a disolverse.
Antes de cerrar, Estefanía propuso una última dinámica: una palabra y una imagen con la que cada uno se iba. Una forma sencilla de anclar lo vivido.
Carlos eligió «curiosidad» y vio «una mesa grande, aún sin mantel».
Paula dijo «ligereza», con la imagen de «una ventana recién abierta».
Marc habló de «respeto» y visualizó «una estructura en obras, pero firme».
Cuando llegó su turno, Irene dudó apenas un segundo antes de hablar:
—«Presente». Y la imagen: «partículas en el aire mientras el sol baja sobre Collserola, tiñendo Barcelona de un dorado que hace todo más lento y real, como si el tiempo se detuviera un instante».
Volverían a verse el primer miércoles de octubre, una tarde cualquiera en el calendario, pero que ya llevaba consigo el peso secreto de lo que estaba a punto de empezar.
Porque a veces lo que transforma no es un gran cambio, sino la decisión de dejarse tocar por otras partículas. Por otras miradas. Por otras preguntas.
Y eso —aunque apenas lo supieran aún— ya era el principio de algo.
Este texto es un extracto del libro El poder del círculo en la empresa familiar, escrito por Isabel Nogueroles Caparrós.