Este texto es un extracto del libro ¿Al borde de un ataque de nervios? Cómo liderar bajo presión y manejar la incertidumbre cuando estás al mando, escrito por Montse Rovira y Jorge Calvo.
Repercusiones de la conducta de Valeria en su entorno profesional y de liderazgo
El caso de Valeria, una ejecutiva de ventas prisionera en una dinámica de miedo escénico y perfeccionismo, demuestra cómo los problemas emocionales no solo afectan a la persona que los padece, sino que también tienen repercusiones significativas en su entorno laboral, sus relaciones personales y su capacidad de liderazgo. Las conductas y pensamientos disfuncionales de Valeria generaban una serie de impactos negativos que abarcaban distintas áreas de su vida.
Impactos en el entorno laboral
El miedo escénico de Valeria afectaba directamente su desempeño en una de las tareas clave de su puesto: realizar presentaciones ante clientes potenciales. Su incapacidad para comunicar con confianza obstaculizaba su efectividad, debilitando su capacidad de persuasión y limitando el alcance de sus propuestas. Esto no solo comprometía la percepción de Valeria como profesional, sino que también impactaba en el posicionamiento de la empresa frente a sus clientes.
Su obsesión por lograr la perfección en sus presentaciones generaba un gasto desproporcionado de tiempo y energía. Pasaba días y noches revisando detalles como colores, fuentes y formatos, perdiendo de vista el objetivo principal: transmitir un mensaje efectivo. Su meticulosidad excesiva no solo reducía su eficiencia, sino que también afectaba a sus compañeros, quienes dependían de su liderazgo y resultados.
La negativa de Valeria a delegar tareas, derivada de su perfeccionismo, limitaba la participación de su equipo en el desarrollo de las presentaciones. Esto no solo incrementaba su carga de trabajo, sino que también desmotivaba a sus colegas, quienes podían sentirse excluidos o subestimados. La falta de colaboración afectaba el espíritu de equipo y debilitaba las relaciones laborales.
Los episodios de ansiedad y el bloqueo que Valeria experimentaba durante las presentaciones ponían en riesgo la reputación de la empresa. Cuando no podía finalizar adecuadamente sus exposiciones o mostraba signos evidentes de inseguridad, los clientes podían percibir incompetencia, lo que afectaba la confianza en la marca y en su capacidad para cumplir con las expectativas del mercado.
Impactos en las relaciones interpersonales
El estrés que Valeria experimentaba antes de cada presentación provocaba irritabilidad y conflictos frecuentes con su pareja, Luis. Aunque él intentaba ser comprensivo, Valeria interpretaba sus palabras de aliento como una minimización de su sufrimiento, lo que exacerbaba las tensiones. Con el tiempo, la ansiedad de Valeria comenzó a erosionar la cercanía y el apoyo mutuo en la relación, generando frustración y desgaste emocional en ambos.
El temor de Valeria a exponerse y la constante preocupación por ser juzgada la llevaron a evitar reuniones sociales y actividades grupales. Su miedo al fracaso público se extendió a situaciones cotidianas, como interactuar con amigos o compartir anécdotas personales, lo que alimentó su sensación de soledad. Esto no solo redujo su red de apoyo, sino que también intensificó su aislamiento.
Ocultaba su ansiedad a sus padres y hermanos, fingiendo que todo estaba bien en su vida profesional. Sin embargo, estas interacciones superficiales incrementaban su sensación de impostura y la desconexión emocional con su familia, alimentando una narrativa interna de fracaso y debilidad que deterioraba su autoestima.
Impactos en la salud física y mental
El insomnio, las pesadillas recurrentes y la falta de apetito eran manifestaciones claras del impacto físico de la ansiedad de Valeria. Estas alteraciones comprometieron su sistema inmunológico, haciéndola más propensa a enfermedades.
Los síntomas físicos que experimentaba durante sus presentaciones, como sudoración excesiva, dificultad para respirar y temblores, culminaron en una crisis de pánico que la dejó incapacitada para continuar con su exposición. Este episodio fue un punto de inflexión, evidenciando hasta qué punto su ansiedad estaba fuera de control y necesitaba ayuda profesional urgente.
Valeria asociaba su miedo a hablar en público con una supuesta falta de competencia profesional. Esta creencia irracional debilitaba su autoestima, creando un círculo vicioso en el que su ansiedad alimentaba su sensación de insuficiencia y viceversa. Esto no solo afectaba su desempeño laboral, sino que también impactaba en su autoconcepto.
Impactos en su liderazgo
La percepción de fragilidad que Valeria proyectaba en momentos de crisis afectaba su credibilidad como líder. En lugar de ser vista como una figura fuerte y resiliente, sus colegas y subordinados podían percibirla como vulnerable e incapaz de manejar la presión, lo que debilitaba su capacidad de influencia. Su miedo a ser juzgada le impedía construir relaciones de confianza, lo que dificultaba la creación de un ambiente laboral positivo y colaborativo, esencial para el éxito en su rol como líder.
Como vemos, las conductas y creencias irracionales de Valeria tenían un impacto profundo y negativo en su vida profesional, personal y emocional. El caso de Valeria subraya la importancia de abordar estos problemas desde una perspectiva terapéutica como la TREC, que le permitió identificar y transformar las creencias disfuncionales que estaban en la raíz de su sufrimiento. Al hacerlo, Valeria pudo recuperar su confianza, mejorar sus relaciones y redefinir su liderazgo, convirtiéndose en una profesional más segura, empática y efectiva.
Proceso de Valeria
La esencia del liderazgo efectivo, más allá del acervo de conocimientos, habilidades, herramientas y estrategias con las que conseguir resultados, se asienta en aquellas cualidades que son intrínsecas a la personalidad del líder. Esas, las que definen su vertiente humana, son las que establecen los límites dentro de los cuales utilizará el resto de sus atributos y las que, en definitiva, determinan la expresión de su liderazgo.
Este enfoque sobre el liderazgo fue uno de los primeros temas que tratamos con Valeria, dado que ella había perdido su autoconfianza. Su currículum era impecable; tenía conocimientos y experiencia más que suficientes para desempeñar las tareas propias de su puesto con soltura y liderar a su equipo con eficacia. Sin embargo, su fobia a hablar en público le resultaba tan apabullante que se estaba cuestionando su competencia profesional. En su mente, el éxito de sus presentaciones dependía exclusivamente de la calidad del PowerPoint y de su discurso. Si eran excelentes, triunfaría, pero nunca llegaban a serlo…
A Valeria le propusimos, como parte del proceso terapéutico, investigar qué le estaba impidiendo desempeñar su trabajo eficazmente. A su vez, acordamos los siguientes objetivos concretos:
- Desterrar la idea de que el miedo a hablar en público provenía de su supuesta ineptitud para realizar presentaciones adecuadas.
- Transformar el proceso de creación de las presentaciones en una actividad creativa y disfrutable.
- Cambiar su propósito en el momento de exponer su trabajo ante una audiencia.
A Valeria, como líder altamente cualificada, no le hacía falta profundizar en las habilidades y los conocimientos inherentes a su puesto, pero sí debíamos abordar su problemática de una forma radicalmente distinta a como ella esperaba.
Los peligros del perfeccionismo
Valeria presentaba rasgos de personalidad que encajaban con el anancasticismo. Las personas anancásticas tienen un patrón de preocupación tan rígido y excesivo que merma su espontaneidad, flexibilidad y eficiencia. Este patrón se reflejaba en Valeria a través de las siguientes manifestaciones:
- Preocuparse en exceso por los detalles le hacía perder de vista el objeto principal de la actividad. El ciclo interminable de correcciones la mantenía tan enfocada en los aspectos formales de las presentaciones que se olvidaba de lo más importante: comunicar con eficacia.
- Tenía una irrupción no deseada e insistente de pensamientos o impulsos. Le costaba ver su trabajo con objetividad porque su voz interna se aseguraba de que nunca estuviera satisfecha con el resultado. Era como si tuviera un crítico implacable en su cabeza, siempre dispuesto a señalar cada pequeña imperfección. Se repetía que, por más que revisara su presentación, siempre sería incompleta, pueril, aburrida; no podía contener el impulso de seguir revisando.
- Era incapaz de terminar un proyecto porque no cumplía con sus propias exigencias. Valeria veía su perfeccionismo como una cualidad. No se daba cuenta de que su rigidez interfería en su productividad. Confundía su autoexigencia con responsabilidad, lo que la impulsaba a revisar constantemente en busca de un ideal inalcanzable.
- La dedicación excesiva al trabajo iba en detrimento de su vida personal. Había dejado de relacionarse con sus amistades, discutía con su pareja y no disfrutaba de su tiempo libre porque siempre tenía tareas pendientes y urgentes. Su escrupulosidad, junto con la preocupación injustificada por el rendimiento, la llevaban al extremo de renunciar a actividades placenteras.
- No delegaba tareas en su equipo porque no cumplían su estándar de exigencia. Sus presentaciones eran auténticas obras maestras visuales, dignas de admiración. Así se lo habían dicho sus colegas en muchas ocasiones. Pero Valeria pensaba que lo hacían solo para consolarla, ya que el contraste entre la perfección de sus diapositivas y su terror a presentarlas en público no pasaba desapercibido. Estaba convencida de que la única forma de controlar la calidad era hacerlo todo ella sola.
Todos estos rasgos condicionaban su desempeño profesional, llenándolo de dudas interminables sobre minucias, falta de decisión y precauciones excesivas; en suma, una forma implacablemente estricta de enfocar su actividad que reflejaba una profunda inseguridad personal.
La «necesititis» de Valeria
Valeria no se sentía una profesional valiosa porque, según decía, odiaba todo lo que tenía que ver con las presentaciones, desde la fase de creación hasta la de exposición. Las odiaba desde el primer día porque sentía que habían aniquilado todas las expectativas ilusionantes con las que inició su andadura como ejecutiva de ventas.
Cuando se incorporó a la empresa, estaba feliz; le encantaba el sector y estaba segura de que encajaría estupendamente con las responsabilidades que le habían confiado. Se sabía preparada y no dudaba de que podría desempeñarse de forma resolutiva. Pero llegó el día de enfrentarse a su primera presentación, y ahí empezó lo que ella denominaba «mi calvario», que resumió en la frase: «Quería diseñar y exponer una presentación perfecta porque necesitaba causar una gran impresión.» Ese era su para qué, y ese era el problema que íbamos a resolver.
El miedo a hablar en público, que había sorteado a duras penas durante su etapa académica, se había convertido en un obstáculo insuperable en su carrera. Era consciente de que, para seguir avanzando en su puesto de ejecutiva de ventas, debía vencer ese miedo, aunque no tenía la más remota idea de cómo hacerlo. Lo que pensaba que sabía —erróneamente— era que el motivo de su pánico estaba relacionado con la calidad de sus presentaciones. Es decir, Valeria estaba convencida de que, si conseguía que sus presentaciones fueran de máxima calidad, su miedo desaparecería. Y así justificaba la cantidad de tiempo empleado en revisarlas y corregirlas en un proceso sin fin, esperando alcanzar una meta inalcanzable: que ya no hubiera nada susceptible de ser mejorado.
Valeria no era consciente de que ambas problemáticas eran, en realidad, una sola. Ella acudió a consulta con la intención de «superar mi fobia a hablar en público» y «aumentar mi autoestima». Durante el proceso de terapia, reformulamos sus demandas apuntando en una única dirección: restablecer su autoconfianza. Para ello, había que desterrar la irracionalidad de sus creencias en torno a las siguientes ideas:
- «Necesito causar una gran impresión»
- «Para conseguirlo, mis presentaciones han de ser perfectas»
- «Cuando sean perfectas, no tendré miedo a exponerlas»
- «Si logro todo lo anterior, tendré más autoestima y me sentiré segura»
El camino para restablecer la autoconfianza de Valeria pasaba por modificar los patrones irracionales desde los que se autovaloraba. Esos patrones estrechaban los límites para desarrollar sus capacidades y la bloqueaban en su ejecución.
A Valeria le explicamos que, desde la TREC, una idea o creencia irracional no promueve el bienestar psicológico ni nos acerca a nuestras metas. Bajo este paradigma, comenzó su proceso reconfigurando los ítems anteriores para otorgarles racionalidad:
- No necesito causar una gran impresión; solo he de comunicar con eficacia.
- Para conseguirlo, he de tener presente que mi único objetivo es comunicar.
- Cuando aprenda a comunicar, disfrutaré haciéndolo.
- Si disfruto haciéndolo, irradiaré autoconfianza y seguridad.
El primer paso
Para reformular las creencias irracionales de Valeria sobre su supuesta ineptitud y los miedos asociados a esta, partimos de la premisa de que un liderazgo extraordinario está intrínsecamente relacionado con las cualidades del líder asociadas a su carácter. Estas cualidades intervienen en la conformación de su personalidad y, por tanto, direccionan lo que piensa, lo que hace y lo que decide.
Esta premisa se instauró en el proceso terapéutico como si fuera un nuevo producto que Valeria tenía que lanzar; solo que esta vez ella era, simultáneamente, producto y destinatario. Tenía que «venderse» a sí misma y desear «adquirir» una inteligencia más racional.
Le propusimos pensar en un eslogan que la ayudara a simbolizar esa intención en una frase inspiradora. Escogió: «El primer paso consiste en dar el primer paso». Para Valeria, esa frase tenía mucho sentido.
Desarrolló su argumento explicando lo que creía que sabía y lo que creía que no sabía. Sabía que su problema principal era que quería hacerlo todo tan bien, tan perfecto, que nunca lograba terminarlo. Su deseo de cumplir con sus propias expectativas la paralizaba. En su mente, cualquier error, por pequeño que fuera, sería motivo de burla o crítica por parte de su audiencia. También sabía, racionalmente, que la mayoría de las personas no prestaban tanta atención a los detalles como ella, pero su miedo al juicio y a la desaprobación era tan grande que nublaba cualquier otra consideración.
Era consciente de que su temor a hablar en público no era solo un problema relacionado con el trabajo, sino el reflejo de una inseguridad más profunda: una sensación de no ser lo suficientemente buena. Esta inseguridad la había acompañado durante gran parte de su vida, aunque pocas veces se manifestaba de forma tan clara como en las presentaciones ante los clientes. También sabía que su miedo a hablar en público no era solo una sensación pasajera de nerviosismo, como la que muchas personas sienten antes de una presentación y que está asociada a la responsabilidad. Era una fobia profunda que la envolvía por completo, atrapándola en un torbellino de pensamientos negativos y autosabotaje.
A lo largo de los años, había desarrollado un diálogo interno tóxico, una voz en su cabeza que constantemente minaba su confianza y alimentaba su ansiedad. Era tan poderosa que, muchas veces, parecía más real que cualquier situación externa a la que se enfrentaba. Cada vez que se acercaba una presentación, su mente comenzaba a trabajar en su contra. La primera reacción era la sensación de pánico, pero, detrás de ese pánico, siempre se encontraba la voz crítica en su mente. Esa voz le decía una y otra vez que la presentación era precaria, que debía mejorarla y que, si no se esforzaba más, fracasaría estrepitosamente. Cuando se sentaba a preparar las diapositivas, la voz comenzaba a criticar cada uno de sus esfuerzos: «Esto es infantil», «Nadie va a tomarme en serio», «El diseño es amateur». Estos pensamientos negativos la asfixiaban.
Valeria no entendía por qué, siendo una profesional con experiencia, aún no había aprendido a sentirse cómoda en estas situaciones. Pero, en lugar de ser compasiva consigo misma, la voz crítica le respondía con más dureza: «Eso es porque no eres tan buena como piensas», «Eres una impostora y todos lo verán cuando empieces a hablar».
Tampoco entendía cómo, además de ser víctima de la voz crítica, había desarrollado una imaginación tan catastrofista. Desde el momento en que comenzaba a pensar en la próxima presentación, su mente elaboraba los peores escenarios posibles. Esas imágenes de fracaso se apoderaban de su mente, volviéndose cada vez más vívidas y angustiantes. No comprendía cómo esos pronósticos casi paranoicos la llevaban a actuar como si ya hubieran ocurrido: su postura corporal, su tono de voz y su gestualidad reflejaban su falta de confianza.
Valeria no sabía por qué la búsqueda de la impecabilidad la había llevado a un bucle de desesperación. Era una mujer extremadamente inteligente, con una capacidad inusual para articular ideas, sintetizar conceptos y crear significados simbólicos con una creatividad arrolladora.
En consulta explicó que estaba emocionalmente agotada, muy preocupada por lo que le ocurría y por cómo impactaba en su trabajo y en su vida personal. Sin embargo, sonreía tímidamente por «haber dado el primer paso» y, al preguntarle cuál fue, respondió: «El primer paso consiste en dar el primer paso». Y con ese mantra empezamos a trabajar.
Este texto es un extracto del libro ¿Al borde de un ataque de nervios? Cómo liderar bajo presión y manejar la incertidumbre cuando estás al mando, escrito por Montse Rovira y Jorge Calvo.