Este texto es un extracto del libro ¿Me lo compro? La realidad del consumo, la influencia social y el papel de las marcas, escrito por Marc Perelló-Sobrepere.
Durante décadas, el marketing ha operado con una idea muy concreta de cómo se toma una decisión de compra. Una persona recibe impactos publicitarios, procesa información y, como consecuencia directa, elige. Si el mensaje es claro, la frecuencia suficiente y el momento adecuado, la elección debería producirse. Esta forma de entender la decisión ha sido cómoda porque permite planificar, invertir y medir. El problema es que describe cada vez peor cómo se decide en la práctica.
Antes de decidir, ya hemos oído cosas. Alguien nos ha hablado de una marca, hemos visto cómo la usan otros o recordamos una experiencia cercana. Mientras decidimos, esa gente sigue ahí. Hablamos con alguien, preguntamos una duda, recordamos lo que otros han hecho en una situación parecida. Y después de decidir, la elección tampoco se cierra en solitario. Se comparte, se comenta, se ajusta en relación con otros. La decisión no empieza en el impacto publicitario ni termina en el momento del pago.
El error de fondo no es que la publicidad no influya, sino que no lo hace en un vacío. Opiniones previas, experiencias compartidas y referencias del entorno no desaparecen cuando llega el mensaje de marca. Muchas veces pesan tanto o más. Y cuando el entorno del consumidor no acompaña, la marca puede quedar fuera de la decisión final, no porque el mensaje sea malo o el producto no interese, sino porque la elección se ha construido en otro lugar que nadie ha sabido ver.
Las decisiones de compra no se producen en solitario. Se producen rodeadas de personas que influyen en la propia decisión
Mientras el marketing siga construyendo mensajes unidireccionales para un receptor aislado, seguirá generando impactos de recorrido corto. La conversación coral pesa más que el estímulo individual. Siempre ha operado así, aunque no siempre lo hayamos reconocido.
El consumidor que no existe
El mito de la decisión individual no se impuso porque describiera fielmente cómo decide la gente, sino porque resultaba extremadamente práctico para las organizaciones y los marketers. Permitía reducir una realidad compleja a algo ordenable y manejable. Pensar en el consumidor como una figura aislada facilitaba estructurar el trabajo interno, repartir funciones, establecer responsabilidades y construir herramientas de análisis comprensibles. La decisión podía representarse como una secuencia lógica, asociarse a un perfil definido y activarse mediante un mensaje concreto. Ese esquema simplificado hacía posible diseñar estrategias sin tener que enfrentarse a demasiadas variables incómodas.
Este consumidor teórico encajaba bien en el día a día del marketing. Permitía construir presentaciones claras, segmentaciones precisas y paneles de control aparentemente coherentes. Ayudaba a dibujar recorridos de decisión limpios, a definir públicos concretos y a atribuir resultados con una sensación de control razonable. Reducir la decisión a un acto individual hacía posible medir, comparar y optimizar sin cuestionar el marco general. No explicaba del todo cómo se decidía en la realidad, pero ofrecía una forma eficiente de trabajar.
El problema apareció cuando esa simplificación dejó de verse como una herramienta y empezó a asumirse como un dogma. Lo que había nacido como un modelo operativo útil se convirtió, con el tiempo, en una descripción inamovible del comportamiento humano. El marketing comenzó a diseñar como si el consumidor existiera al margen de su entorno, como si decidiera de forma autónoma y aislada, sin relaciones, sin referencias y sin la influencia cotidiana de otras personas.
Ese desplazamiento tuvo consecuencias claras. Se empezaron a optimizar mensajes sin preguntarse por dónde circularían ni en qué conversaciones acabarían entrando. Se afinaron argumentos pensando en convencer a una persona concreta, sin considerar quién tendría que sostener esa elección después. Se midió la reacción inmediata al impacto, pero no la capacidad de la decisión para mantenerse cuando salía del mensaje y entraba en la vida real. La marca se volvió muy eficiente en la ejecución, pero poco eficaz en la decisión. Muy presente en el momento de comunicar, pero cada vez menos relevante en el momento de elegir.
Al centrarse en el individuo, el marketing dejó de ver el contexto
Lejos de corregirse con el tiempo, esta lógica se ha visto reforzada por el avance de las herramientas y los datos. Cuanto más precisa es la segmentación, más fácil resulta olvidar que esa persona sigue formando parte de un entorno social que no ha sido segmentado con ella. El consumidor individual resulta cómodo porque cabe en un modelo, en una tabla y en un gráfico. El consumidor en relación con otros, en cambio, incomoda porque obliga a ampliar el marco y a aceptar que la decisión no depende solo de lo que la marca controla.
Para una marca, entender por qué este mito ha perdurado no es un ejercicio filosófico. Es una cuestión estratégica. Mientras se siga confundiendo una simplificación útil con una descripción fiel de la realidad, se seguirán diseñando estrategias y acciones para un consumidor que no existe y se preguntarán por qué, una y otra vez, las decisiones reales no responden como se esperaba.
La ilusión de control
Pensar la decisión de compra como un acto individual lleva implícita una segunda creencia igual de problemática: que la decisión es controlable. El razonamiento parece lógico. Si alguien decide solo, basta con ajustar el mensaje, elegir el momento y activar el estímulo correcto. Input correcto, output previsible. Cuando una campaña no funciona, algo habrá fallado en la ejecución: el mensaje no era suficientemente claro, la frecuencia resultó insuficiente, el público no estuvo bien afinado. La solución es insistir, optimizar, ajustar variables y volver a lanzar.
Lo que pasa es que los consumidores rara vez nos comportamos así. Las decisiones de compra no suceden cuando deberían, no avanzan aunque el mensaje sea correcto, no se activan pese a cumplir todos los criterios del modelo. Campañas bien construidas que no convierten. Productos competitivos que generan interés, pero no venta. Servicios excelentes de los que nadie habla. Desde dentro, todo parece bajo control. Desde fuera, la decisión simplemente no ocurre.
La sociedad del consumo puede dividir la compra entre dos modalidades: sugerida o espontánea. Sugerida significa que la idea de compra ha ido tomando forma mediante impactos de marca acumulados en el tiempo. Espontánea significa que la decisión se ha tomado al instante, fruto de un mensaje en el momento justo.
La realidad es que la gran mayoría de compras son sugeridas: llegan precedidas de muchos puntos de contacto acumulados, desde conversaciones con el entorno a momentos de exposición publicitaria. Todo ello va llenando un vaso que, cuando rebosa, termina en una elección casi inevitable. Las compras espontáneas, las del famoso call-to-action que impulsa una decisión instantánea, son mucho más raras de lo que muchos directivos quisieran creer. Y cuando ocurren, casi siempre hay un largo trabajo previo detrás que nadie ha medido.
Eso genera una fricción notable. Y esa misma desconexión que vivimos como consumidores, la viven también desde el otro lado quienes diseñan las campañas. Por un lado se diseñan estrategias con mapas y acciones pensadas para impactar al consumidor en un momento muy concreto de su rutina. Por el otro, esos impactos casi nunca se reciben en el orden en que fueron pensados.
Cuando una campaña no funciona, los equipos de marketing interpretan la ausencia de respuesta como un fallo táctico cuando, en realidad, es el marco de partida el que no describe lo que está pasando. Y cuanto más se intenta forzar, peor: se optimiza el mensaje sin revisar el marco, se afina la forma pero no el fondo. El resultado lo saben bien los profesionales del sector: las métricas suben pero las ventas siguen sin llegar. Los consumidores seguimos sin activarnos.
Creer que la decisión individual es controlable empuja a la marca a sobrevalorar su capacidad de intervención
Aceptar que la decisión no es plenamente controlable no implica renunciar a influir, sino abandonar una ficción cómoda: la de que basta con hacer bien las cosas para que la elección ocurra. Antes de preguntarse cómo empujar mejor una decisión, conviene preguntarse si el lugar desde el que se intenta activar es siquiera el correcto. Cuando el modelo de trabajo promete control y la realidad devuelve incertidumbre, el problema no es la falta de presión. Es el punto de partida.
El punto ciego
Diseñar el relato de marca basándose en una decisión de compra que supuestamente era individual es una de las inercias que más ha aislado a algunas marcas de la sociedad. Creer que los consumidores tomamos decisiones aislados de todo contexto no es solo una cuestión de praxis. Tiene consecuencias prácticas que condicionan toda la estrategia empresarial de las marcas. Se optimiza el impacto directo, pero se descuida el contexto. Se mide la respuesta individual, pero no la conversación que la rodea. En resumen: se aísla al consumidor de su entorno.
Esto explica por qué muchas campañas funcionan sobre el papel pero no en la vida real. Por qué productos bien pensados no despegan. Por qué marcas con alta notoriedad necesitan empujar la conversión de forma constante. Rara vez es porque el consumidor no entienda la propuesta, sino porque esa propuesta no ha encontrado su lugar en el entorno donde se decide. Para las marcas, aceptar que el consumidor no decide solo no es una cuestión teórica, sino estratégica.
Pensemos en nuestras últimas semanas y cuál ha sido nuestro comportamiento en tanto que consumidores dentro de la sociedad del consumo. Hemos visto infinidad de vídeos, reseñas o artículos. Hemos recibido impactos publicitarios de toda índole. Hemos guardado publicaciones para más tarde sin saber muy bien por qué. Hemos visto algo en el perfil de alguien a quien seguimos y nos ha quedado rondando. Hemos escuchado a un amigo mencionar una marca de pasada en una conversación que no iba de compras. Hemos entrado en una tienda sin intención de comprar y hemos salido con algo. O hemos salido sin nada pero con una referencia nueva en la cabeza.
Y antes de decidir, hemos hecho lo que hacemos siempre: hemos preguntado. Hemos enviado capturas de pantalla de un producto a alguien. Hemos reenviado un enlace por WhatsApp o Instagram. Hemos preguntado «¿Este o este?», «¿Nos encaja?», o el típico «¿Me lo compro?» —que da nombre a este libro. Y después de decidir, hemos compartido. Hemos enseñado lo que hemos comprado. Hemos recomendado o desaconsejado. Hemos comentado si ha valido la pena o no. Y no lo hacemos por falta de criterio o personalidad. Lo hacemos porque somos seres sociales y necesitamos compartir, contrastar y reforzar nuestras elecciones en relación con otros. George Herbert Mead lo llamó el «otro generalizado»: esa presencia interiorizada de los demás que acompaña cada decisión, aunque nadie esté físicamente en la sala. La compra activa ese otro. Lo convoca. Y, hasta ahora, ningún modelo de marketing lo ha sabido ver.
La decisión de compra no es un gesto íntimo. Es un pequeño acontecimiento social que nos sitúa en relación con otros
Esto no significa que la decisión individual no exista, sino que rara vez opera aislada del entorno. El consumidor sigue siendo quien saca la tarjeta del monedero o quien acerca el teléfono al datáfono para pagar, pero llega a ese momento acompañado por señales que se han ido acumulando mucho antes. Y se va de ese momento dejando señales que influirán en la decisión de otros.
La compra no empieza en el impacto publicitario ni termina en el momento del pago. Es un proceso continuo, social y compartido que no tiene un principio ni un final claros. Y entender eso lo cambia todo. Si las decisiones se toman en grupo, no tiene sentido seguir pensando el marketing solo para individuos aislados. El reto ya no es ganar un pulso uno a uno, sino ocupar un lugar reconocible en las conversaciones donde realmente se decide. Cuando una marca logra eso, deja de depender de campañas puntuales para mantenerse visible y pasa a formar parte de las opciones que aparecen de forma natural cuando hay que elegir. El éxito deja de medirse en impactos o clics y empieza a notarse en algo más estable: que la marca esté presente sin necesidad de empujarla constantemente.
Ignorar tiene un coste
Persistir en el mito de la decisión individual tiene un coste que la empresa rara vez mide. No es solo una cuestión de estrategias que fallan o de presupuestos malgastados. Es la desconexión progresiva entre lo que las marcas construyen y la forma real en que la gente decide. Cada campaña diseñada para un consumidor aislado genera un déficit que no aparece en los informes, pero sí en los resultados. No porque el consumidor sea imprevisible, sino porque llega al momento de elegir condicionado por conversaciones previas, expectativas compartidas y referencias externas que ningún modelo individual contempla.
Y ese déficit tiene una consecuencia que va mucho más allá de la campaña que no convierte. Una marca que solo existe cuando hay presupuesto para recordarle al mundo que existe, es una marca frágil. Porque la vida del consumidor no se detiene entre campaña y campaña. Las conversaciones siguen. Los momentos de consumo siguen. Las comparaciones en el grupo de amigos, las menciones de pasada en una comida, las recomendaciones que circulan por los chats a las once de la noche, todo eso sigue ocurriendo con o sin campaña activa. Y si la marca no ha construido un lugar reconocible en esos espacios, no está ahí cuando importa. No porque nadie la recuerde, sino porque nunca llegó a formar parte de la conversación donde las decisiones reales se toman.
Ese coste se manifiesta en tres efectos concretos. Primero, deteriora la intuición estratégica: los equipos centrados durante años en tácticas individuales pierden capacidad para leer el contexto, dejan de entender qué opciones encajan de forma natural en ciertos entornos sociales y qué marcas resisten la evaluación colectiva más allá del mensaje. Segundo, produce fatiga interna: la lógica de optimización permanente absorbe tiempo y energía mientras reduce la capacidad de plantear preguntas básicas sobre el papel real de la marca. Se mejora la ejecución dentro del modelo, pero se pierde criterio para evaluar si el modelo sigue siendo válido. Tercero, genera dependencia estructural: las marcas que apuestan por el impacto individual acaban necesitando la campaña para vender. Cuando la presión publicitaria desaparece, la marca deja de ser una opción espontánea y tiene que volver a empujar para reactivar la decisión.
Como consumidores lo reconocemos enseguida: son las marcas que un día dejamos de comprar sin razón aparente, no porque fallaran, sino porque dejaron de estar presentes donde nos movemos. Piensa en cualquier marca de gran consumo que hayas dejado de comprar sin razón aparente. No porque el producto empeorase ni porque encontraras algo mejor. Simplemente dejó de estar presente en tu cabeza cuando tocaba elegir. Nadie en tu entorno la mencionaba, nadie la usaba, nadie la ponía sobre la mesa. La marca seguía existiendo, seguía invirtiendo, pero había perdido su lugar en la conversación. Y cuando eso ocurre, recuperarlo cuesta mucho más que haberlo mantenido. Impactar es llamar la atención durante un rato. Avanzar es conseguir que esa atención se convierta en una posición estable en la vida de las personas. Y esa diferencia no se ve en el pico del gráfico que observan los equipos de marketing. Se ve una vez los tambores de campaña se apagan. Y ahí ya no hay métricas que lo maquillen.
Muchas marcas creen que hablan a solas con el consumidor cuando, en realidad, llegan tarde a un proceso de compra que ya está muy avanzado
Si aceptamos que toda elección relevante se valida en un entorno social, el reto del marketing cambia por completo. Ya no basta con competir en atributos o ejecutar campañas mejor que otros. Hay que ser una opción viable en las conversaciones donde se decide qué es razonable, defendible y coherente con el entorno. Ese umbral no se alcanza con más presión ni con mayor precisión técnica. Se construye cuando la marca encaja en la vida real de las personas: con relato, con posicionamiento, con territorio, con conversación. Con los ejes estratégicos que demasiado a menudo pasan a un segundo plano en favor de lo inmediato y lo medible. La decisión de compra nunca fue individual. Tratarla como si lo fuera ha sido una comodidad operativa. Y seguir tratándola así, cuando ya sabemos lo que sabemos, es una elección. No una limitación.
Este texto es un extracto del libro ¿Me lo compro? La realidad del consumo, la influencia social y el papel de las marcas, escrito por Marc Perelló-Sobrepere.